Cultura

Desde Oaxaca, La Furia con Lujuria Sonidera armó la fiesta en el Mérida Fest

Cumbia, electrónica y referencias barriales se mezclaron en una celebración colectiva en el Remate de Paseo Montejo.

Por David Rico

Mérida, Yucatán, a 17 de enero de 2026.- Llegaron desde Oaxaca al Mérida Fest como llegan las buenas fiestas, cuando nadie las espera, pero todo el mundo las necesita, y en cuestión de minutos ya tenían al Remate de Paseo Montejo convertido en una pista de baile. La Furia con Lujuria Sonidera no vino a tantear el terreno, vino a ponernos a sudar, a cantar y a recordar, con el cuerpo y sacando los prohibidos, aunque suene a lugar común, que la cumbia también se vive como celebración colectiva. Si Alex Lora hubiera aparecido para lanzar su eterna pregunta de “¿están siendo felices?”, la respuesta habría sido inmediata y unánime: ¡a huevo!

Desde la primera rola quedó claro que aquí no se venía a escuchar con los brazos cruzados, y todos lo entendimos, yucatecos, meridanos, chilangos, extranjeros. Todos y todas. Las sillas salieron sobrando. Se venía a bailar, a sudar, a cantar con desconocidos que en cuestión de minutos ya eran cómplices. La Furia no dio tregua. Sin piedad, como debe ser, soltaron su mezcla ecléctica de cumbia electrónica y global beats, aunque llamarlo así se queda corto. Lo suyo es un arte mayor, una alquimia precisa y gozadora donde la cumbia dialoga sin complejos con rolitas norteñas, de banda o pop, y se cruza, sin pedir perdón, con el house, el techno, el trance o cualquier otro ritmo electrónico que se preste al baile. Todo atravesado por los ritmos de Oaxaca, con la trompeta cuasi balcánica cortando el aire, el keytar lanzando destellos y los timbales marcando el pulso, secos y precisos, directo al cuerpo.

Al frente de la nave iban Sonido Rural y Le Cumbianche Disco, DJs y productores que entienden algo fundamental: la cumbia y la tradición no son piezas de museo, son cuerpos vivos que se mueven, se reinventan y también saben sudar bajo las luces. No fusionan por ocurrencia, sino por conocimiento y amor al barrio, a la fiesta, a la cultura popular que se escucha fuerte y se baila sin culpa. Porque la cumbia es tan grande que aguanta todo y puede manifestarse de mil maneras distintas.

Como buenos oaxaqueños, no faltaron los guiños al mezcal, esa bebida sagrada que acompaña la fiesta y afloja el cuerpo, ni las referencias a los ritmos del Istmo de Tehuantepec y a otros sitios mágicos de este poblado, que se colaban entre beats y cumbias como recordatorio de origen. Y así, sin contradicción alguna, también apareció lo chilango, esa otra capa inevitable de la cultura popular, callejera, directa, sin solemnidad, que terminó de darle sentido al conjunto.

Ahí la pantalla también hablaba. Los gráficos sellaron ese cruce de referencias y barrio, las portadas del mítico y amarillista Alarma!, la silueta inolvidable de Clavillazo, de Pedro Weber “Chatanuga”, el descaro legendario de Alfonso Zayas, esa “alta literatura” popular llamada Las Chambeadoras o Las Cariñosas. Íconos de una cultura que nunca pidió permiso para existir y que esa noche volvió a brillar, orgullosa y sin filtros.

Y entonces cayeron las rolas, como golpes certeros al corazón bailador, Cumbia Poder, la inmortal Cumbia Sampuesana de Celso Piña, Rompecabezas de Los Concorde, La China de La Adictiva, Ramito de Violetas de Mi Banda El Mexicano y muchas otras. Todo cabía en esa noche y todo se volvía cumbia. Era baile, desmadre, gozadera, pues. Resistirse no era una opción.

Y entre el baile y la gozadera también estaban ellas, las mujeres que organizaron este Mérida Fest. No solo acudieron a supervisar que todo marchara en orden. Yo lo vi, nadie me lo contó, terminaron mezcladas en la pista, siguiendo el ritmo, formando parte de la misma energía que ya había tomado el lugar. Sin protagonismos ni poses, entendiendo que la música también se acompaña desde ahí, desde el cuerpo y no solo desde la logística.

Y sí, todos y todas disfrutamos. Porque La Furia con Lujuria Sonidera no solo nos puso a bailar, nos recordó que la fiesta también es memoria, identidad y celebración colectiva. Que la cumbia, cuando se toca con respeto, malicia y barrio, puede ser puente entre generaciones, entre territorios y nacionalidades, entre cuerpos que se reconocen en el mismo ritmo.

Esa noche, en el Mérida Fest por el aniversario 484 de la ciudad no solo bailamos. Esa noche fuimos felices. Y lo dijimos bailando. ¡A huevo!

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