Cultura

Lila Downs en el Mundial: cuando hablar inglés se interpreta como una traición a las raíces

La controversia tras la inauguración expone las tensiones entre identidad cultural, globalización y representación indígena.

Por David Rico 

Mérida, Yucatán, a 12 de junio de 2026.- Apenas habían pasado unos minutos desde que arrancó la inauguración del Mundial de futbol en el Estadio Azteca cuando la polémica cayó sobre Lila Downs. La razón: durante su presentación habló en español y en inglés. “Pueblos del mundo, bienvenidos a México”, dijo ante millones de personas.

Y entonces apareció la condena de las voces que salieron a señalar que se vendió, que renunció a sus raíces, que se entregó al espectáculo global de la FIFA, que lo prehispánico terminó convertido en mercancía. Como si hablar inglés fuera una forma de traición, como si una artista con raíces indígenas tuviera que escoger entre su identidad y la posibilidad de estar frente al mundo.

Ahí aparece una vieja idea que todavía persiste: la de creer que las culturas indígenas solo son auténticas cuando permanecen intactas, alejadas de los grandes escenarios, sin mezclarse con otros idiomas, sin dialogar con el presente.

Pero las culturas no son estampas detenidas en el tiempo; son procesos vivos, cambian, se transforman y encuentran nuevas formas de expresarse.

Y hay algo que vale la pena aclarar en este punto: que Lila Downs no es la voz de los pueblos indígenas de México, ni ha pretendido serlo. No habla en nombre de todas las comunidades originarias, porque para ello se tienen ellas mismas. Es una artista con raíces mixtecas que ha construido una carrera donde la memoria, las luchas sociales y las historias de distintos pueblos han encontrado un espacio.

Su trayectoria está ahí. Por ejemplo, en *Border*, uno de sus discos más importantes, cantó sobre la frontera, las mujeres desaparecidas, la explotación laboral en las maquiladoras, los migrantes que cruzan buscando una oportunidad y enfrentan la violencia de la migra; en la canción “Smoke (Acteal)” recordó la masacre ocurrida en Acteal, Chiapas, en 1997. También está aquella interpretación de “Latinoamérica” junto a Calle 13, con una frase que se volvió símbolo de resistencia: “La tierra no se vende”.

No es una artista que descubrió lo indígena el día que pisó un escenario mundial. Por eso resulta difícil sostener que una frase en inglés pueda borrar décadas de trabajo, de música y de postura artística, social y política, y más aún cuando se observa lo que llevó consigo a ese escenario.

Lila Downs portó un collar elaborado por una artesana de Pabellón de Arteaga, hecho con semillas de abeto, cáscara de chilacayota, jade, madera, caracoles y semillas de hueso de fraile. También llevó un huipil chiapaneco elaborado por un artesano de Venustiano Carranza, Chiapas, realizado en telar de cintura. Ahí estaban los saberes, los textiles y las manos artesanas.

Y entonces surge una pregunta: ¿no hemos dicho durante años que preservar los textiles, las técnicas y los conocimientos ancestrales también es una forma de resistencia cultural? ¿Por qué entonces, cuando esos elementos llegan a un escenario internacional, algunos prefieren mirar la supuesta contradicción en lugar de reconocer la presencia de esas expresiones?

Incluso hubo un detalle que pasó casi desapercibido: los tenis Panam blancos que utilizó durante su presentación. Una marca mexicana en medio de un espectáculo donde la lógica comercial de la FIFA está ligada a grandes corporaciones internacionales, como Adidas, una de las marcas asociadas al Mundial.

Puede parecer un detalle menor, pero también forma parte del mensaje: estar en el centro del espectáculo sin borrar de dónde se viene.

La discusión sobre la FIFA y el capitalismo del espectáculo es válida. Porque el máximo organismo del futbol también responde a una lógica donde los símbolos culturales son tomados, empaquetados y convertidos en mercancía turística y de consumo. Eso merece crítica, pero una cosa no cancela la otra.

También es cierto que detrás de muchas expresiones culturales indígenas existe una historia de despojo, desigualdad y extractivismo. Durante siglos, los pueblos originarios han visto cómo sus territorios, saberes, símbolos y creaciones son utilizados sin reconocimiento ni beneficio para sus comunidades. Esa discusión es real y necesaria. El problema aparece cuando esa crítica se traslada automáticamente a cualquier presencia indígena en escenarios globales, como si ocupar esos espacios fuera, en sí mismo, una forma de renuncia.

La presencia de Lila Downs no significa que la FIFA haya comprendido de pronto la profundidad de los pueblos indígenas de México, pero tampoco que una artista haya abandonado sus principios por subir a ese escenario. Significa que una creadora, desde su propia historia, llegó a una plataforma global llevando elementos de una memoria cultural que ha defendido durante años.

Y ahí está el verdadero debate: en esa mirada que todavía existe y que cree que una persona indígena pierde autenticidad cuando usa un celular, cuando viaja, cuando habla otro idioma o cuando pisa escenarios internacionales.

Basta mirar algunas fotografías de prensa que todavía se publican en Yucatán: mujeres mayas con su hipil y un teléfono en la mano. Imágenes que muchas veces parecen sugerir una contradicción, como si la tecnología les quitara algo de identidad, como si lo indígena tuviera que vivir únicamente en el pasado.

Pero los pueblos indígenas no son una postal antigua; son presente, son cambio, son resistencia y son ellos quienes deciden cómo representarse, cómo hablar y cómo presentarse ante el mundo. No quienes, desde una visión romántica de la cultura, pretenden definir desde afuera qué es auténtico y qué no.

Lila Downs llegó a un escenario visto por millones de personas y se presentó desde su propia identidad. No tuvo que gritar contra la FIFA para reivindicar una causa, porque a veces la resistencia también consiste en ocupar espacios, con dignidad y orgullo, donde antes no se escuchaba esa voz.

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