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Tekit, la vida después del linchamiento

A un año de la muerte de Ismael Abán Canché, el pueblo y una herida que no cierra.

Por David Rico

Tekit, Yucatán, a 27 de enero de 2026.- Hoy se cumple un año de la muerte de Ismael Alejandro Abán Canché, el Güero. Han pasado 365 días desde que, en Tekit, una multitud lo linchó y le prendió fuego, en un suceso que todavía pesa en la memoria colectiva y en la vida cotidiana de quienes viven aquí. En el pueblo el ambiente es pesado, se percibe una vibra lúgubre. Hay silencio, miradas esquivas, una herida que no termina de cerrar y una madre que sigue pidiendo justicia.

En la calle 30 por 31 está el sitio exacto donde Ismael perdió la vida. Hay un señalamiento improvisado: una llanta rellena de cemento y un letrero que indica un solo sentido. Es un punto discreto para quien pasa de largo, pero cargado de significado para quienes conocen la historia. Ahí se concentra el recuerdo de un hecho que todavía divide y duele.

Hace un año, en ese mismo lugar, una multitud tomó el control, rebasó a las autoridades y terminó con la vida de un joven de 24 años, acusado del presunto asesinato de doña Candelaria Sosa Poot, una mujer adulta mayor conocida en el pueblo. Un crimen que, hasta hoy, señala la madre, no ha sido plenamente esclarecido.

La casa de doña Leticia Canché Suárez, madre del Güero, está justo frente al cementerio. Desde su puerta se alcanza a ver el lugar donde descansan los restos de su hijo. Vivir ahí no es consuelo. Es dolor cotidiano y, al mismo tiempo, una forma de mantenerse cerca. Cuando llegamos, no hizo falta tocar. Antes de preguntar por ella, salió de su casa. Saludó y el llanto fue inmediato. “No encuentro paz”, “estoy sufriendo mucho”, dice. “No hay justicia”.

Cuando habla del Güero lo hace en tiempo presente, como si siguiera a su lado. Lo nombra sin distancia. Luego nos invita a pasar a su casa. Dentro de la vivienda, el tiempo parece detenido. En una esquina hay un altar sencillo con las fotografías de su hijo. Son imágenes de un joven sonriente, vivo, ajeno a lo que vendría. Doña Leticia las acomoda con cuidado, una por una. Este año, el 16 de noviembre, Ismael habría cumplido 25 años.

“Yo lo que quiero es que se haga justicia por todo lo que me hicieron acá”, dice. Habla de las desgracias, de cómo le rompieron su casa, de cómo nadie la ayudó. “Todos vinieron a destrozar acá y a mí nadie me ayudó. Estoy sola”. Cuenta que, después de la muerte de su hijo, su familia se fragmentó. “Mis hermanitos se dividieron, mis cuñadas y mis hermanos se fueron”.

El recuerdo de aquel día la acompaña todo el tiempo. “No se me olvida”, dice. “Cada minuto me acuerdo cómo estaba gritando”. Cuenta que una prima le mostró una imagen en la que su hijo pedía ayuda. “Nadie rescató a mi muchacho”. La pregunta vuelve una y otra vez: “¿Cómo tuvieron valor para hacerle eso a mi hijo?”.

La acusación que detonó la furia colectiva fue el presunto asesinato de doña Candelaria Sosa Poot. Pero doña Leticia sostiene que no hay pruebas. “Yo no sé si él mató a la señora”, dice. “La señora estaba enferma, tenía cáncer, no se levantaba”. Asegura que cuando su hijo llegó con ella no tenía señales de violencia. “No tenía sangre, ni en las manos, ni en nada”.

—¿En realidad nadie vio si la mató?

—No, nadie. Nadie lo vio. Ellos lo saben.

Doña Leticia vuelve una y otra vez a un punto que considera clave. Ella misma entregó a su hijo a los policías. “Yo lo entregué para que lo llevaran, para que se hiciera justicia, para que lo investigaran”, dice. Nunca imaginó lo que vendría después. “No lo entregué para que lo mataran. No lo entregué para que lo quemen”.

Hoy, un año después, la justicia sigue incompleta. Cinco personas permanecen detenidas, pero no hay sentencia. El proceso continúa abierto y, para la madre del Güero, el miedo también. Asegura que ha recibido amenazas y agresiones constantes de familiares de los detenidos.

Un año después, en Tekit todavía se discute quién era Ismael y qué pasó aquel día. Para algunos hay acusaciones; para su madre, hay un hijo. Lo que no admite discusión es que un pueblo cruzó un límite y tomó la justicia en sus manos.

Luego caminamos con doña Leti hacia el panteón. Cruzar la calle es apenas dar unos pasos, pero el trayecto pesa. La tumba es pequeña, un montículo de tierra, una cruz de madera y algunas flores. No hay placas ni mármol. Doña Leticia guarda silencio unos segundos. Mira al suelo. Habla en voz baja, como si su hijo pudiera escucharla.

Frente a la tumba, doña Leticia nos cuenta que el padre del Güero murió cuando él tenía ocho años. Dice que su hijo lo lloraba mucho, que hablaba de él con frecuencia y que a veces aseguraba que conversaba con su papá. “Decía que pronto iba a estar con él”, recuerda. En el panteón, esa frase adquiere otro peso: hoy, el Güero ya está con su padre.

Ahí, entre las tumbas, vuelve sobre una idea que la persigue desde aquel día. “Se me acuerda que mi hijo estaba conmigo, hoy ya no está conmigo”, dice. Recuerda que lo entregó a los policías para que se hiciera justicia, para que lo investigaran. “No lo entregué para que lo mataran”. Cuenta que hay quienes la juzgan. “Dicen: ‘¿Por qué entregas a tu hijo para que lo maten? ¿Por qué lo entregas para que lo quemen?’”. Ella responde siempre lo mismo: que lo entregó para que se hiciera justicia, no para que lo lincharan. Insiste, llorando, en que no pudo hacer nada.

Doña Leticia también señala lo que, dice, sigue sin atenderse. La presencia de las drogas, del cristal, la descomposición social, la ausencia de autoridad en los momentos clave. Acusa directamente al alcalde y a los policías de haber permitido lo que ocurrió, de no haber protegido a su hijo cuando aún era posible hacerlo.

Vecinos coinciden en que Tekit ya no volvió a ser el mismo. Al principio nadie podía creer lo ocurrido. Después llegaron el miedo, la desconfianza, el cambio en la rutina. Algunos prefieren no hablar. Otros admiten que el pueblo quedó marcado.

Hoy, a un año de distancia, Tekit sigue viviendo con esta historia encima. No como un recuerdo lejano, sino como una herida abierta. Para doña Leticia, la justicia no ha llegado. En el pueblo, el silencio persiste.

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