Crecer sin prevenir: la expansión urbana aumenta el riesgo ante los huracanes
En la Península de Yucatán se sigue construyendo en zonas de alta amenaza ciclónica sin incorporar plenamente el riesgo en la planeación; el Dr. David Romero advierte que en Mérida los vientos de tipo huracán tienen una recurrencia aproximada de 20 años y plantea ordenar el crecimiento urbano para reducir la vulnerabilidad futura.
Por David Rico
Mérida, Yucatán, a 11 de agosto de 2026.- Los huracanes forman parte del clima de la Península de Yucatán y seguirán ocurriendo. El problema, advierte el Dr. David Romero, académico investigador de la ENES Mérida, es que mientras la amenaza permanece, el territorio se está transformando: cada vez hay más población, viviendas e infraestructura en zonas expuestas a ciclones tropicales.
Durante la conferencia “Expansión urbana y riesgo por ciclones tropicales en la Península de Yucatán”, Romero explicó que el riesgo no depende únicamente de qué tan intenso sea un huracán, sino también de dónde impacta, cuántas personas y bienes encuentra a su paso y qué tan vulnerable es la población para enfrentar y recuperarse de sus efectos.

“La amenaza no es el riesgo”, señaló el investigador al explicar que este último surge de la interacción entre la frecuencia e intensidad de los ciclones, la exposición de la población y la infraestructura, la vulnerabilidad de los sistemas y su capacidad de respuesta y recuperación.
En ese sentido, uno de los principales problemas para la Península es que algunas de las zonas que concentran el mayor crecimiento urbano son también aquellas donde históricamente existe una mayor amenaza por ciclones.

La costa concentra el mayor riesgo
Romero señaló que el norte de la Península y particularmente la Riviera Maya concentran algunas de las zonas con mayor probabilidad de afectación por vientos de tipo huracán.
De acuerdo con los datos presentados durante la conferencia, en determinadas zonas costeras la probabilidad anual de registrar vientos de intensidad de huracán alcanza 12.5 por ciento, lo que representa una recurrencia promedio de ocho años.
Es decir, el crecimiento urbano y turístico se está produciendo en territorios donde la amenaza ciclónica no es excepcional, sino recurrente.

El académico puso como ejemplo la transformación de la zona de Cancún. La aglomeración urbana supera actualmente el millón de habitantes, cuando en la década de 1970 prácticamente no existía la concentración poblacional que hoy caracteriza a la región.
El mismo proceso se observa en Playa del Carmen y Tulum, que forman parte de una de las zonas urbanas con mayor crecimiento del país.
“Todo el mundo, ¿dónde quiere ir? Pues a las costas, particularmente al norte y a la Riviera Maya”, expuso Romero al mostrar la coincidencia entre las zonas de mayor crecimiento y aquellas que presentan una mayor exposición histórica a los ciclones.

El problema, explicó, no es únicamente el crecimiento demográfico, sino las decisiones sobre dónde se construye y bajo qué criterios se desarrolla el territorio.
En Mérida, un huracán también forma parte de la normalidad
La capital yucateca presenta una condición distinta a la de las zonas costeras, pero tampoco está fuera de la amenaza. Los datos presentados por Romero indican una recurrencia aproximada de 20 años para vientos de tipo huracán en Mérida.
El académico aclaró que este periodo no significa que necesariamente vaya a ocurrir un huracán cada 20 años, sino que se trata de una referencia estadística sobre la recurrencia de este tipo de viento.
La importancia del dato, señaló, es asumir que los ciclones forman parte de las condiciones climáticas de la región y que la planeación urbana debe partir de esa realidad.
“En Mérida vamos a tener viento de tipo huracán cada 20 años”, afirmó durante la conferencia, al plantear que quienes viven en la Península deben estar preparados para enfrentar estos fenómenos como parte de su entorno.
“Los huracanes son elementos que forman parte del clima de la península de Yucatán”, señaló también durante la entrevista posterior a su exposición.
No siempre el huracán más fuerte causa el mayor daño
Romero también llamó a no medir el riesgo únicamente por la velocidad del viento. Un ciclón puede tener vientos menos intensos, pero generar daños importantes si permanece durante horas o días sobre una misma zona. Por ello, la velocidad de desplazamiento del sistema también es un factor relevante.
Los casos de Isidoro, en 2002, y Wilma, en 2005, ilustran esta condición. Ambos permanecieron durante un periodo prolongado sobre la región y generaron importantes afectaciones.
Cristóbal, en 2020, es otro ejemplo. Aunque no fue un huracán de gran intensidad cuando produjo sus principales impactos, sino una tormenta, la permanencia del sistema y las lluvias provocaron daños considerables en Yucatán.
El investigador también recordó el caso de Patricia, considerado el huracán más intenso registrado hasta ahora, pero que tocó tierra en una zona con muy poca población.
“Si Patricia hubiera pasado encima de Mérida, habría sido un desastre”, planteó.
El ejemplo permite entender la diferencia entre amenaza y riesgo: un fenómeno puede ser extremadamente intenso, pero si encuentra poca población e infraestructura expuesta, sus consecuencias pueden ser menores que las de un ciclón menos intenso que atraviesa una zona densamente poblada.
Mérida enfrenta otro problema: la pérdida de suelo permeable
En el caso de Mérida, uno de los factores que puede incrementar la vulnerabilidad está relacionado con la lluvia.
La creciente impermeabilización del suelo urbano reduce la capacidad de infiltración del agua y puede agravar los efectos de las precipitaciones intensas asociadas con ciclones tropicales.
Los episodios de lluvias intensas de los últimos años han mostrado que no es necesario que un huracán de gran categoría impacte directamente sobre la ciudad para provocar afectaciones.
En las zonas costeras ocurre otro proceso que puede incrementar la vulnerabilidad: la pérdida de manglares y vegetación costera para dar paso a nuevos desarrollos.
Romero señaló que, particularmente en la Riviera Maya, continúa la eliminación de manglar para acercar los desarrollos al mar, pese a que estas acciones están restringidas.
Los manglares y la vegetación costera funcionan como una forma de infraestructura natural que ayuda a reducir determinados impactos de los fenómenos extremos.
Ante este escenario, las conclusiones de la conferencia plantean que la adaptación debe comenzar antes de que ocurra el desastre.
Entre las medidas propuestas están evitar nueva exposición en zonas costeras de alta amenaza, actualizar los criterios de diseño para enfrentar vientos y lluvias extremas, proteger redes críticas de energía y agua, conservar manglares y vegetación costera e incorporar escenarios climáticos en los planes de expansión urbana.
El objetivo, señaló Romero, debe ser reducir el riesgo futuro y no limitarse a responder después de cada desastre.
La conclusión central es que el futuro de la Península no depende únicamente de si habrá más o menos ciclones. De acuerdo con el académico, el cambio climático no necesariamente implica un aumento en el número de ciclones, pero sí puede incrementar su potencial de intensidad y de lluvia extrema.
Por ello, el riesgo también se define por las decisiones que se toman sobre el territorio.
La expansión urbana hacia zonas de alta amenaza, plantea el investigador, es en parte una decisión social y de planificación. El riesgo no es una condición estática del clima, sino una construcción territorial que se acumula con el tiempo.
Por eso, una de las principales conclusiones de la conferencia es también una de sus advertencias centrales: ordenar la expansión urbana es una de las principales estrategias de adaptación frente al cambio climático.
