Cultura

El zapatismo como antídoto contra la resignación de un mundo sin salida

En “Marcos. Otro mundo es posible”, Diego Enrique Osorno recupera la energía política del zapatismo para cuestionar la idea de que no hay alternativas frente al capitalismo y las autocracias. La película también pone sobre la mesa la justicia pendiente por la masacre de Acteal.

Por David Rico 

Morelia, Michoacán, a 20 de octubre de 2026.- Para Diego Enrique Osorno, su película “Marcos. Otro mundo es posible” no es esperanzadora en el sentido convencional, pero sí es una película contra la resignación. Afirma que “es un disparador. No es ingenua ni plantea la esperanza por la esperanza misma, sino que recupera la energía con la que el zapatismo irrumpió en 1994 y con la que se ha mantenido hasta hoy, la energía de luchar contra la resignación a la que parece que estamos condenados”.

Esta cinta, que fue presentada en el 24.º Festival Internacional de Cine de Morelia, es, por ello, un trabajo que habla del futuro y no del pasado, pero no se olvida de él, porque también reclama justicia. Primero, explica, permite entender con mayor precisión las traiciones de todos los gobiernos y también la del gobierno actual al movimiento zapatista.

También, apuntó, replantea una herida muy grande que sigue abierta y pendiente de justicia, la masacre de Acteal.

“La película hace señalamientos y denuncia lo que ocurrió, así como la responsabilidad de personas (Zedillo) que todavía gozan de impunidad y siguen dando clases o presentándose en consejos económicos de diversos organismos internacionales. Tendrían que rendir cuentas, y ojalá lo hagan”, señaló.

El periodista, escritor y cineasta participó en una mesa redonda organizada con medios de comunicación como parte del FICM24. Un salón del Centro Cultural Clavijero de Morelia, Michoacán, fue el escenario para hablar del zapatismo, de las emociones de aquel ya lejano 1994, pero a la vez tan vigente, y también de un movimiento que fue precursor de muchas de las luchas y movimientos de hoy, en México y en el mundo.

Cuando detonó el movimiento en Chiapas, expone, tenía 13 años, lo que provocó en él un despertar político. En 2003 llegó por primera vez a las comunidades y, a partir de ahí, su interés creció todavía más.

“Me di cuenta de que, más allá de la buena prosa y la poética de Marcos, había una historia de resistencia mucho más profunda, compleja, rica, real, cruda y visceral”, señaló.

Señaló que el movimiento zapatista ha aportado mucho más de lo que se le reconoce, pero no fue una militancia como tal lo que lo llevó a hacer estas películas, sino la curiosidad que tiene como periodista y documentalista por muchas cosas que pasan en el mundo.

El zapatismo, afirmó, no tiene un dogma cerrado y es un movimiento tan peculiar que le permite hacerse preguntas sobre el mundo. “No me da las respuestas a lo que me inquieta o me conmueve, pero sí me ayuda a formular las preguntas que más me importan”.

Expuso que el zapatismo ayuda a preguntarnos y a tratar de encontrar respuestas sobre la izquierda en México, la cual lleva ocho años en el gobierno y se ha vuelto cada vez más pragmática, más pobre en su discurso y menos congruente, en parte por las exigencias de la gobernanza y por su convivencia con el sistema o su asimilación.

Además, señaló que el zapatismo tiene una capacidad muy interesante para generar imaginación política. “La izquierda social y, particularmente, el movimiento zapatista aportan nuevas ideas, nuevos lenguajes y nuevos temas de discusión y reflexión”.

Lo que queda claro a partir de la cinta y de las palabras del propio director es que, desde la irrupción del movimiento zapatista, se plantearon de manera muy orgánica cuestiones como el racismo, el clasismo, la reivindicación de las juventudes, el colectivismo y el ecologismo. Son temas, dijo, que hoy parecen recién descubiertos o que apenas han adquirido una mayor relevancia pública, pero que el zapatismo ya ponía sobre la mesa desde entonces.

Marcos. Otro mundo es posible es su tercer trabajo en la pantalla, después de 1994, que habla de la crisis en México, y La montaña, que documenta el viaje que una delegación zapatista realizó en un velero durante la pandemia.

De su nueva película, señaló que está construida con la misma convicción que las anteriores, pero, mientras 1994 es muy analítica y La montaña es muy reflexiva, esta es una película muy visceral.

“Decidí lanzarme con toda la energía que el zapatismo me generó cuando surgió, con toda aquella emoción histórica que produjo, e intentar revivirla desde el presente que tenemos. Un presente que también se siente encerrado, como si estuviéramos atrapados, como si ya no hubiera salida, como si el capitalismo y el fin del mundo fueran inevitables y ya nos hubiéramos chingado”, expuso.

La película, además, sigue siendo una exigencia de justicia. Abre heridas, como la de la masacre de Acteal, que sigue esperando el castigo de los culpables.

“Hay muchas cuestiones concretas, pero creo que lo principal es que la película tiene una energía que quienes la han visto sienten que abre la posibilidad de recuperar la imaginación política, justo en un momento en el que parece que ya no podemos imaginar alternativas y que el capitalismo y las autocracias terminarán por dominarnos”, expuso.

Apuntó que hay estudios recientes que indican que el 75 por ciento de la población mundial vive bajo una autocracia. Esa proporción ha aumentado después de que habíamos logrado equilibrar un poco la balanza.

“Parece que no hay nada que hacer frente a eso. Creo que la película, muy humildemente, intenta reflejar esa parte del zapatismo que contagia la imaginación política, no solo en sus comunidades de México, sino también a escala mundial”.

“La película está pensada desde el presente y desde esa vigencia. No soy un reportero viejo y nostálgico que quiere recordar a Marcos en 1994. Para mí, el zapatismo es algo vivo, cotidiano y muy presente en mi vida”, señaló.

Es una película que también abre una reflexión profunda para el periodismo, porque, como bien apunta el director, hoy más que nunca el periodista tiene que estar convencido de que debe buscar la verdad. Aunque sabemos que no la encontramos de manera definitiva, sí podemos buscarla e intentar construir una comprensión de la realidad a partir de múltiples perspectivas, con la convicción de que debemos acercarnos a ella.

“Incluso los periodistas parecemos condenados a aceptar que la verdad ya no importa. Y no tenemos que aceptarlo. También debemos resistir contra eso”, señaló.

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