Perdieron el juego, pero nunca la dignidad
Un partido de niños de quinto y sexto de primaria terminó exhibiendo algo más que un marcador: insultos clasistas y racistas, un adulto que invadió la cancha para agredir y una desigualdad que sigue marcando quién juega y en qué condiciones.
Por David Rico
Mérida, Yucatán, a 17 de abril de 2026.- La discriminación y la desigualdad no suelen anunciarse. Aparecen. Se cuelan. Y, a veces, lo hacen incluso en espacios donde deberían quedar fuera, como una cancha donde juegan niños.
Desde Maxcanú, la comisaría de San Rafael, un equipo varonil integrado por alumnos de quinto y sexto de primaria hizo el viaje a Mérida para disputar su partido en el Deportivo Kukulkán. El trayecto no es menor: implica tiempo, esfuerzo y la ilusión intacta de competir como cualquier otro equipo.
Del otro lado estaba una escuela particular, el Keystone. En teoría, un partido más. En la práctica, no lo fue.
El contexto ya venía cargado. En este mismo sitio se han señalado decisiones que favorecieron a una institución privada, otorgándole el pase a un certamen nacional por encima del equipo femenil de la secundaria “Benito Juárez García” de Progreso y del equipo varonil de la Secundaria Federal 2 “Ermilo Abreu Gómez”. Bajo ese mismo ambiente, el equipo de Maxcanú entró a la cancha.
Y jugó. Jugó como juegan los equipos que saben lo que cuesta estar ahí: con intensidad, disputando cada balón, metiendo la pierna cuando había que hacerlo. Del otro lado, en cambio, el contacto generaba incomodidad y las quejas eran constantes. Dos maneras de entender el juego, dos realidades que también se encontraron en el campo.
El partido se rompió en una jugada. Un niño de Maxcanú fue fuerte al balón. Para quienes lo vieron, la falta era, en el mejor de los casos, discutible. Aun así, vino la sanción. Y después, la expulsión de un jugador que era pieza clave para su equipo.
Pero lo más grave no fue la tarjeta.Un adulto, padre de familia del equipo contrario, ingresó al terreno de juego. No para dialogar con el árbitro, no para calmar los ánimos, sino para encarar directamente al niño involucrado en la jugada. Un adulto frente a un menor, en medio de un partido escolar.
Del otro lado, el padre del niño de Maxcanú también entró, pero para intentar poner orden. Recordó lo evidente: la jugada ya había sido sancionada, el árbitro ya había decidido. El partido debía continuar. No ocurrió así.
El reclamo escaló hasta convertirse en agresión. Las palabras que siguieron no fueron solo insultos: fueron expresiones cargadas de clasismo y racismo.
“Son unos indios”, “pata rajada”, “no somos iguales”.
Juan Carlos, padre de uno de los jugadores de Maxcanú, relató lo sucedido desde la línea de banda, donde también se vive el partido.
El marcador ya era adverso. Su hijo, explicó, había sido constantemente presionado en el juego al ser un jugador clave. En la jugada que derivó en la expulsión, considera que la falta no existía, pero el otro niño se puso a llorar y la decisión ya estaba tomada.
“El papá se molestó y vino, empezó a agredir al árbitro, igual a nosotros, y como yo le contesté y le dije que ya le cantaron falta, lo expulsaron, ¿qué más quieres?”, narró.
“Se enfrentó conmigo y me empujó. Nos empezó a decir que somos unos gatos, nacos… Yo le contesté porque no iba a dejar que nos insulten. Aunque vengamos del pueblo, nos tienen que respetar”, dijo.
En medio de todo, el partido siguió. Con un jugador menos y un ambiente enrarecido, los niños de Maxcanú no dejaron de correr, de pelear cada balón, de buscar competir hasta el final. El marcador concluyó 6-1, perdieron el partido.
Pero no perdieron la forma de jugarlo. Porque, aun en desventaja, aun frente a la expulsión y los insultos clasistas y racistas, no se descompusieron. No respondieron con violencia. No dejaron de competir.
Lo ocurrido en la cancha no es solo una anécdota deportiva. Expone una realidad más amplia: la persistencia de la discriminación, incluso en espacios donde participan niñas y niños, y la facilidad con la que algunos adultos cruzan límites que no deberían tocarse.
Al final, el silbatazo marcó el cierre del juego. Y dejó algo más claro que el marcador: hay derrotas que no quitan dignidad. Y hay conductas que, aunque no se sancionen en el momento, exhiben todo lo que aún falta por cambiar.
