“Marcos. Otro Mundo es posible”, la esperanza en tiempos aciagos
El documental de Diego Enrique Osorno presentado en el #FICM24 recupera la emoción del levantamiento zapatista y confronta la violencia, el abandono y las injusticias del presente con la vigencia de las resistencias.
Por David Rico
Morelia, Michoacán, a 19 de octubre de 2026.- “Marcos. Otro Mundo es posible”, el documental de Diego Enrique Osorno presentado en el 24.º Festival Internacional de Cine de Morelia, no es una película para mirar el zapatismo desde la nostalgia ni para dejar su historia detenida en 1994. Es una película de memoria, pero también de indignación y actualidad ante la realidad cruenta que vive el mundo, la violencia que persiste, los pueblos sometidos al abandono y las resistencias que se niegan a aceptar que no hay alternativas.
A través de una selección precisa de imágenes, testimonios y música, recupera la emoción de un movimiento que sacudió a México y puso frente al mundo la realidad de los pueblos indígenas. Su fuerza está en recordarnos que las causas del levantamiento siguen vigentes y que, aun en medio de tanta injusticia, la esperanza de otro mundo posible no debe desaparecer. Al final de la proyección, el propio Osorno lo señala con precisión:
“Hoy se siente algo como lo que se sentía en 1994, cuando parecía que ya estaba todo dictado, que no había nada por hacer, cuando surge el zapatismo. Y yo siento que hoy estamos en esta encrucijada, en este callejón, y esta película trata de golpear esta resignación, esta apatía, esta oscuridad; parece que la película habla del pasado, pero es una película que habla del presente, del futuro, de la disputa, de la esperanza, de la resistencia en estos tiempos aciagos que estamos teniendo”.

Apenas me senté en la sala, aparecieron varias imágenes del zapatismo y de la selva, y de golpe irrumpió Señor Matanza, de Mano Negra. La canción de Manu Chao parecía resumir una parte de las razones de aquella lucha.
“Él decide lo que va, dice lo que no será / Decide quién la paga, dice quién vivirá / No se puede caminar sin colaborar con su santidad / El Señor Matanza…”.
La música tiene un lugar importante en la película, pero no desplaza las historias ni las imágenes. Osorno la incorpora con precisión, al igual que los registros de distintas épocas y los testimonios de quienes conocieron de cerca el movimiento zapatista. Aparece Manu Chao, como era de esperarse, pero también Rage Against the Machine. Cuando suena Bulls on Parade, la música irrumpe en un momento crucial. Después, durante la conversación con el público, el director contó que les habría gustado incluir un par de canciones más, pero los derechos eran demasiado caros.

La película reúne y organiza materiales de decenas de horas de grabaciones. En ese trabajo de selección, casi quirúrgico, aparecen las voces de periodistas, escritores, fotógrafos y otras figuras que tuvieron contacto con el zapatismo, entre ellos Oscar Gordillo, Oliver Stone, Juan Villoro, Laura Castellanos y Pedro Valtierra. Sus testimonios acompañan las imágenes de una historia marcada por la violencia, la exclusión y el abandono de las comunidades indígenas.
Marcos conduce buena parte del relato con sus textos, su personalidad y su capacidad para comunicar. Pero la película no es un homenaje construido alrededor de una sola figura. Su presencia sirve como entrada a una experiencia colectiva y a un movimiento que, desde Chiapas, despertó solidaridad en México y en otros países, y abrió para muchas personas la posibilidad de mirar de otra manera la realidad nacional y entender, hasta hoy, que otro mundo es posible.
La historia del levantamiento de 1994 aparece junto a las respuestas violentas del Estado, las promesas incumplidas y las traiciones de los gobiernos priistas, panistas, perredistas y hasta de la 4T. También están las imágenes de la masacre de Acteal y los testimonios que permiten dimensionar el sufrimiento de las comunidades. No hay una versión suavizada de aquellos acontecimientos. La violencia del Ejército y de los grupos paramilitares aparece con toda su crudeza.
Me dolió especialmente el testimonio de un fotógrafo en Chiapas que llegó a pensar en abandonar la profesión si tenía que seguir registrando esa parte de la miseria del mundo. La frase adquiere otro peso al mirar las imágenes que acompañan la película. Hubo momentos en que la tristeza y la indignación fueron difíciles de contener; varias veces estuve a punto de llorar.
Entre las figuras que aparecen están la comandanta Ramona y la comandante Esther. La presencia de las mujeres indígenas es fundamental para entender el movimiento. Primero tuvieron que luchar para que sus propias demandas fueran reconocidas; después ocuparon un lugar al frente de la organización y la resistencia. Su participación forma parte de una historia que no se agota en la figura de Marcos.
La película tampoco se limita a Chiapas ni a los años noventa. Las imágenes del genocidio en Gaza, de la guerra en Bosnia y Herzegovina y de otros sucesos muestran distintas expresiones de la violencia y las situaciones que atraviesa el mundo. El pasado se cruza así con un presente en el que la guerra, la injusticia y el sufrimiento siguen siendo parte de la realidad.
Mientras veía la película, por momentos regresaron las emociones de aquellos años, cuando el levantamiento zapatista rompió la sensación de que todo estaba decidido y no había mucho más por hacer. Pero esa memoria también vino acompañada de dolor por las imágenes de los asesinatos, por Acteal y por la violencia que sufrieron las comunidades. La esperanza no borraba la tristeza ni la rabia; convivía con ellas.
Después de la función, Osorno explicó que no buscaba hacer una película contemplativa sobre el zapatismo. Quería recuperar la emoción histórica que el movimiento representó para él y para muchas personas, y contarla desde la vivencia de quienes se asomaron al mundo de los pueblos indígenas a partir del levantamiento y de Marcos, quien para muchos funcionó como una ventana hacia esa realidad.
El director también habló de la sensación actual de estar en una encrucijada, en un callejón donde parece imponerse la resignación. En ese sentido, aunque Marcos. Otro Mundo es posible vuelve sobre acontecimientos de hace más de tres décadas, su preocupación está en el presente y en las resistencias que todavía buscan abrir caminos.
